“El espacio... la frontera final”. Esta es la frase de inicio de “Viaje a las estrellas”, una exitosa serie de televisión, que a partir del éxito inicial, continuó con varias secuelas que vieron la luz desde finales de los 60 del siglo recién pasado y a la fecha siguen vigentes, para satisfacción de los seguidores de Kirk, Spock y Piccard. Basada en los textos de Gene Rodenberry, la serie nos muestra la vida y aventuras de un grupo de intrépidos y muy heterogéneos tripulantes, a bordo de una conspicua nave espacial perteneciente a la Federación. Siglo XXIV. Los humanos y otros seres inteligentes que habitan en otros mundos, no sólo han entrado en contacto, sino que viven y trabajan juntos. Por supuesto también se hacen la guerra unos a otros con dimensiones planetarias y galácticas. Algunas cosas nunca cambian. Me pregunto cuáles son los sistemas de enseñanza utilizados en la nave espacial Enterprise, buque insignia del adelanto tecnológico y de la expansión del conocimiento. En el actual siglo XXI, en el que los humanos seguimos autoconsiderándonos los seres más inteligentes del planeta y de la galaxia hasta que se demuestre lo contrario, se mantiene el debate abierto sobre la idoneidad de distintos modelos de enseñanza y aprendizaje. La enseñanza programada, que fue fundamental para el desarrollo primario de la tecnología educativa, aun mantiene sus criterios básicos como partir de una técnica de enseñanza con una secuencia de pasos controlados y reproducibles de momentos instructivos, cuya eficacia se demuestra en un aprendizaje medible y consistente. Esta forma de enseñanza se extrapola a veces en películas y libros de ciencia ficción, hasta convertirse en un medio de control social masificador y enajenante, que en el caso de la saga de Matrix, se convierte en entretención virtual alucinatoria. En otros libros y filmes como Brasil, Equilibrium o Fahrenheit 451, educación (o mejor dicho instrucción) y libertad parecen ser términos que se repelen entre sí. Un duro golpe al sueño de la educación para la libertad de Freire. Pensemos con optimismo sin embargo, o mejor con el pesimismo activo de Saramago, que las cosas buenas de la enseñanza programada, como la posibilidad de adquirir conocimiento y llevarlo a la práctica según el ritmo que cada persona requiere, se combinarán con elementos problematizadores, críticos y reflexivos, propios de modelos de corte más constructivista. En caso de que lleguemos a sobrevivir a los desastres vaticinados para esta década, será estupendo pensar que en un futuro tal vez no tan lejano, podamos emprender pasos acertados para el verdadero despertar de nuestro intelecto y nuestra conciencia. Si un simulador virtual de última generación, como el Holodeck del Enterprise nos puede ayudar en esa tarea, será una maravilla bienvenida.
jueves, 3 de diciembre de 2009
domingo, 25 de octubre de 2009
Flexibilidad, divergencia.
Uno podría pensar, junto con Stephen Jay Gould, que existen al menos dos maneras de relacionarnos con el acto intelectual. El distinguido biólogo las retoma de fuentes mucho más antiguas, que pasan por el poeta heleno Arquíloco (posiblemente anterior a Homero) y Erasmo de Rotterdam. Precisamente toman la palabra los animales para ilustrar dos formas de ser ante la ciencia, que ilustran nuestras relaciones con el conocimiento y su administración, pero que también tienen que ver, de una forma más amplia, con la manera en que los seres humanos actuamos, no sólo en los grandes momentos, sino también en la cotidianidad de nuestros momentos más personales. Son el zorro y el erizo. Estos sobrevivientes de la fabulación clásica y del estereotipo con que a los humanos nos gusta cargar a casi todo, nos presentan dos modelos o estrategias que a primeras luces se muestran divergentes.
En el campo de la práctica intelectual, los zorros son aquellos que aplican sus muchas habilidades a implantar un fruto nuevo y decisivo para que otros estudiosos lo recojan y lo mejoren en un huerto concreto, y después se van a esparcir algunas nuevas semillas en un tipo de campo totalmente distinto.Los erizos en cambio, localizan una mina en la que sus aptitudes específicas y realmente especiales no pueden ser igualadas. Después permanecen allí durante toda su vida, excavando cada vez más profundo, hasta llegar a los depósitos más ricos de un filón principal cuya grandeza completa nunca antes ha sido tan bien reconocida ni explotada.
Es probable que en la mayoría de los casos, nosotros tengamos un poco de zorros y un poco de erizos. Estas cualidades bien aprovechadas, nos podrían ayudar a elegir con conocimiento de causa y buen criterio, que tipo de enfoques deberíamos asumir a la hora de explorar un problema concreto con la finalidad de buscar la solución. Es evidente que los fundamentos de la tecnología educativa son muy variados, que existen epistemologías diferentes, e incluso visiones de mundo que en muchos casos se muestran, al menos a primera vista, irreconciliables. Pero un campo reciente y pragmático como la T E debe afrontar esta herencia conflictiva como una forma de ser. Hay que tener mucho cuidado a la hora de plantear si los marcos teóricos fundamentales deberán imperar ante los elementos contextuales o viceversa.. Creo que debemos tener una fuerte base de conocimientos que legitime nuestro accionar profesional y un gran sentido de la perseverancia, pero esto debe combinarse con la flexibilidad y la habilidad de reinvención, así como con una dosis de intuición que nos permita elegir las mejores opciones y tomar las decisiones adecuadas para lograr el objetivo que nos hayamos planteado. Nuestras vidas son tan variadas, tan irreductibles, tan fascinantemente complejas, gracias a las legítimas diferencias que florecen sobre la totalidad de la experiencia humana.
Referencia: Gould (2004) Érase una vez el zorro y el erizo. Madrid, Crítica.
domingo, 5 de abril de 2009
Instante de San José
La ciudad desea estar desnuda bajo el calor último de marzo. Las calles están llenas. Cardúmenes informes, casuales, se mueven en todos los espacios posibles. Miles de ojos intercambian miradas fugazmente y luego el silencio, el silencio ensordecedor. Ésta bien podría ser una ciudad dual, cartesiana, donde la razón y la extensión son cajones distintos.
Un desierto de muchas soledades que se mueven tan cerca, casi tocándose unas a otras.
Entre tantas va ella. Por el bosque de sombras, pasos y transpiraciones. Es pequeña, frágil y superviviente como una vieja paloma de la plaza. Lleva unos antiguos "top siders" al menos talla cuarenta y tres y una camisa de cuadros que es una capa.
Se topa con un hombre en el cruce de la calle. Extiende la mano con el pulgar y el índice hacia adelante, mientras dice dos o tres improperios con la cabeza gacha. El hombre le da la chinga que fumaba, entre sorprendido y cómplice.
Cambia el semáforo y continúa el viaje. Ella se pierde en el tumulto con sus piernas flacas de paloma vieja y jugada. A mí me da por verla alejarse y meditar sobre cosas profundas: ¿Vivimos una libertad predeterminada? ¿Tendría razón Baruch Spinoza?¿Cuánto le durará la chinga en los labios?
lunes, 16 de marzo de 2009
La deuda
Sócrates paseaba por el areópago de Atenas preguntando. Para muchos de sus conciudadanos, aquel hombre gordito, barbudo y digamos feo, bastante diferente a los perfiles griegos que posan en el Museo Británico o en las películas de Disney, era la persona más sabia del mundo. A veces se enteraba y se reía sonoramente: sólo sé que no sé nada... era su respuesta. Imagino a la gente mirándolo con los ojos cuadrados y pensando que el hombrecito se burlaba de ellos. Sócrates enseñaba aprendiendo. Dicho de otro modo, creía que la mejor manera de enseñar, a los otros y a sí mismo era preguntando. Y las personas respondían. Decían lo que sabían o lo que creían saber, entonces el que nada sabía iba desnudándoles poco a poco, hasta que la gente pudiese darse cuenta de que necesitaba aprender, de que eran ignorantes y que la ignorancia estaba muy bien... siempre que nos llevara a preguntar. Sócrates trataba de convencer a las personas para que se levantaran del suelo y subieran a lo más alto para entonces ver la inmensidad de lo desconocido.Como le pasó a Sofía Amundsen.Jostein Gaarder en su novela explica esto con la metáfora del conejo, pero para eso es mejor leer el libro. Sin embargo esa desnudez a la que los exponía Sócrates, para algunos resultaba humillante...e imperdonable.
En una celda ateniense, varios discípulos llorosos, entre ellos Platón, ven al maestro que nunca escribió sus palabras, beber cicuta en silencio digno e imperturbable.Por último, luego del trago letal dijo: “Critón, le debo un gallo a Asclepio. No te olvides de pagárselo".Lo condenaron sus conciudadanos por impío y corruptor de la juventud. Hay honestidades incómodas.
En una celda ateniense, varios discípulos llorosos, entre ellos Platón, ven al maestro que nunca escribió sus palabras, beber cicuta en silencio digno e imperturbable.Por último, luego del trago letal dijo: “Critón, le debo un gallo a Asclepio. No te olvides de pagárselo".Lo condenaron sus conciudadanos por impío y corruptor de la juventud. Hay honestidades incómodas.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Ruta del aguacate
Alguien pinta grandes piedras negras, de esas que pusieron en el monte los gigantes hace quién sabe cuándo. A la orilla de la carretera,van apareciendo pequeños paisajes bucólicos con casitas de teja y cascadas y patos y bosques de flores coloradas y cafetales.Va bordeando el monte la carretera, serpentea entre abismos verdes donde la muerte puede ser un elemento más del paisaje. Alguien pinta piedras, deposita sus pinceles y pinturas sobre el pasto y atisba con los ojos entrecerrados para ver el mar a lo lejos, más allá de los lomos verdes sembrados de vacas y de sol. Cuando no crecen las nubes, los cuerpos de plantas y animales tienden a calcinarse. Cuando braman y se ponen negras, la gente reza quedito. La que no reza, quisiera tener fe en algo. La lluvia negra baja para bautizar las piedras recién pintadas y jugarles bromas pesadas a los autobuses.
martes, 27 de enero de 2009
Sin luz
Dijo Albert Payne que " lo que hacemos por nosotros mismos muere con nosotros, pero lo que hacemos por el mundo permanece para siempre". En estos tiempos en los que da la impresión que a los humanos nos hace falta algún asidero, las palabras de Payne se revisten, a mi entender, de pertinencia.
Hace poco me topé en las calles de San Pedro de Atacama, con un grupo de jóvenes trabajadores de un café, que salieron a la acera para ver un cachito de arcoiris casi invisible que surgía con timidez sobre los techos del pueblo. Un arcoiris, por pequeño que fuese, no había sido visto ahí desde el 2007. Entonces pude acercarme un poco a la sensación de maravilla que ellos y ellas estaban viviendo con una intensidad tan cálida como el verano atacameño. Talvez cueste ver la relación entre esto y la frase de Payne, pero creo que me refiero a una especie de acto de nobleza colectiva, de maravillarnos juntos por cosas a veces pequeñas que nos hacen salirnos de la rutina de sólo estar en el mundo para durar,durar lo que la vida dure y ya. Pero para eso necesitamos tener la mente y el cuerpo abiertos, y el espíritu, por indefinible que nos parezca. Cuando lo más humano parece ser la destrucción material o moral del otro, en los ámbitos más variados y bajo cualquier excusa... se hace urgente que abramos los ojos para ver las pequeñas cosas que nos unen y nos definen como personas. Las pequeñas cosas que nos permiten disfrutar la vida y nos cargan las pilas para hacer cosas por el mundo: abrazar a alguien, perdonar, olvidar, sembrar un árbol, sonreirle a alguien en la calle, regalar un libro o una flor, acariciar un perro, ver las estrellas, bocarriba en una noche sin luz eléctrica.
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