Un desierto de muchas soledades que se mueven tan cerca, casi tocándose unas a otras.
Entre tantas va ella. Por el bosque de sombras, pasos y transpiraciones. Es pequeña, frágil y superviviente como una vieja paloma de la plaza. Lleva unos antiguos "top siders" al menos talla cuarenta y tres y una camisa de cuadros que es una capa.
Se topa con un hombre en el cruce de la calle. Extiende la mano con el pulgar y el índice hacia adelante, mientras dice dos o tres improperios con la cabeza gacha. El hombre le da la chinga que fumaba, entre sorprendido y cómplice.
Cambia el semáforo y continúa el viaje. Ella se pierde en el tumulto con sus piernas flacas de paloma vieja y jugada. A mí me da por verla alejarse y meditar sobre cosas profundas: ¿Vivimos una libertad predeterminada? ¿Tendría razón Baruch Spinoza?¿Cuánto le durará la chinga en los labios?