Dijo Albert Payne que " lo que hacemos por nosotros mismos muere con nosotros, pero lo que hacemos por el mundo permanece para siempre". En estos tiempos en los que da la impresión que a los humanos nos hace falta algún asidero, las palabras de Payne se revisten, a mi entender, de pertinencia.
Hace poco me topé en las calles de San Pedro de Atacama, con un grupo de jóvenes trabajadores de un café, que salieron a la acera para ver un cachito de arcoiris casi invisible que surgía con timidez sobre los techos del pueblo. Un arcoiris, por pequeño que fuese, no había sido visto ahí desde el 2007. Entonces pude acercarme un poco a la sensación de maravilla que ellos y ellas estaban viviendo con una intensidad tan cálida como el verano atacameño. Talvez cueste ver la relación entre esto y la frase de Payne, pero creo que me refiero a una especie de acto de nobleza colectiva, de maravillarnos juntos por cosas a veces pequeñas que nos hacen salirnos de la rutina de sólo estar en el mundo para durar,durar lo que la vida dure y ya. Pero para eso necesitamos tener la mente y el cuerpo abiertos, y el espíritu, por indefinible que nos parezca. Cuando lo más humano parece ser la destrucción material o moral del otro, en los ámbitos más variados y bajo cualquier excusa... se hace urgente que abramos los ojos para ver las pequeñas cosas que nos unen y nos definen como personas. Las pequeñas cosas que nos permiten disfrutar la vida y nos cargan las pilas para hacer cosas por el mundo: abrazar a alguien, perdonar, olvidar, sembrar un árbol, sonreirle a alguien en la calle, regalar un libro o una flor, acariciar un perro, ver las estrellas, bocarriba en una noche sin luz eléctrica.