Uno ve la foto y ¡pum! le entra como un uppercut de Alí. Pero es un golpe de luz, una amorosa paliza que no querés que se termine. El no sabe de cámaras ni de poses, solo está ahí gozando. Admirable mérito de fotógrafo, estar donde tenía que estar y captar el instante decisivo a lo Cartier-Bresson. La cabeza hacia arriba, los ojos cerrados, el hocico entreabierto y la lengua como desenrrolládose lentamente para sorber hasta la última gota de sol. Entonces a uno se le enrojecen un poco los ojos y empieza a tratar de recordar la inocencia y la suavidad del sabor de la luz.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
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